divendres, 3 de febrer de 2012

'CLOOTIE'


                    [...] Ye howling winds, and wintry swelling waves!
                                                                                                           Unheard, unseen, by human ear or eye, [...]
                                                                                                                                                                Robert Burns

   Quien en un día de otoño plomizo, con el viento del norte de Escocia azuzando el mar, haya tenido la suerte de ver el oleaje arremetiendo con furia contra los diques del pequeño pueblo de Pennan, seguro que jamás olvidará el espectáculo.
Y esto fue, precisamente, lo que, por la tarde húmeda, fría y gris, contempló la viuda Burns, desde el salón de su aislada casa sobre el acantilado, cuando a través de los cristales empañados de las ventanas, vio como, allá abajo junto al mar, el pueblo de corta hilera de casas adosadas se iba difuminando, cada vez más, hasta convertirse en una borrosa mancha blanca, que rodeada primero por el infinito gris ceniza de la niebla, acabó, en escaso rato, engullida por la más completa oscuridad de la galerna.

   Como tantos anocheceres solitarios, la anciana y espigada señora Burns, encerrada en su casa sin más compañía que la de su perro, Clootie, se sentó al calor de la chimenea. Al monótono tictac del reloj de pared y al ritmo parsimonioso del crujir del suelo de roble bajo el balanceo de la mecedora, parecía como si el tiempo se hubiera detenido por completo. Luego, de repente, cedió la ventana mal cerrada, y el trueno, la lluvia y el viento irrumpieron en el salón con gran estruendo. Sobresaltada, la señora Burns se levantó de su asiento, y avanzando como pudo hacia la ventana intempestiva, consiguió cerrarla con gran esfuerzo y restaurar la calma. Físicamente agotada, apoyó su espalda contra la pared, mientras sus rodillas temblorosas cedían y daban con ella en el suelo. Entre los muchos objetos que el viento esparció por el salón, justo al alcance de sus dedos, descubrió un retrato de Ben, su marido fallecido. Sin importarle el marco astillado ni los afilados pedazos de vidrio roto, lo alcanzó y lo abrazó con fuerza contra su pecho. En este momento, Clootie, que había presenciado toda la escena, empezó a aullar como en el pasado invierno junto al mar.

   En el invierno anterior, el intrépido Ben había salido con su pequeño bote a pescar. Desafiando la tormenta que se avecinaba, ignoró los ruegos de quienes, expertos marineros, le aconsejaron que aquella tarde no se hiciera a la mar. Incluso esta vez, como nunca antes había sucedido, Clootie no quiso embarcar y, permaneciendo al borde del dique, aulló de una manera extremadamente triste y desconocida, mientras su dueño se esfumaba, remando decidido, por entre la bruma. En tierra todos atemorizados, reconocieron el mensaje que la muerte estaba enviando a través de Clootie. Y entendieron bien, pues con el anochecer el mar devolvió sin vida el cuerpo de Ben.

   Sin fuerzas para levantarse, la señora Burns seguía tendida en el suelo del salón, y cayendo en la cuenta del fúnebre aullar de Clootie, comprendió lo que en realidad allí iba a suceder, pues el presagio de la muerte le sobrevino de lleno. Serenamente aceptó su destino; abrazó, con más fuerza si cabe, el retrato de Ben; cerró los ojos y se dispuso a reunirse con él. La oscuridad más absoluta se adueñó de todo y los aullidos de Clootie cesaron.

   Al alba la señora Burns todavía en el suelo del salón, abrazada con fuerza al retrato, abrió los ojos, y, sin saber dónde estaba, con espanto comprobó como a su lado yacía sin vida el cuerpo del fiel Clootie, con ambas patas delanteras, a modo de abrazo, sobre la foto de Ben.
                                                                                                                           
                                                                                                                            Joan Serra i Malla

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