divendres, 27 de gener de 2012

EL LADRÓN


Era noche cerrada cuando, por los pasillos de la casa de mis amos, descubrí signos evidentes de que nadie en sus habitaciones había podido pegar ojo. Parecía como si el sueño se hubiera mudado de casa. Tan anormal era la situación que hasta yo mismo me sentía más espabilado que de costumbre.
Seguramente por este motivo, en mi vigilia, me fue muy fácil detectar un lejano y casi imperceptible clic que me llamó la atención por sonar a destiempo. Más por instinto que por valor crucé a oscuras todo el pasillo, y como pisando sobre almohadones, me dirigí hacia el lugar dónde creí que se había producido el ruido misterioso. Entreabrí como pude la puerta del salón y sólo lo justo para husmear y ver sin ser visto (por si acaso). Y funcionó mi instinto de perro viejo, pues allí mismo descubrí en la oscuridad a un desconocido, que sin advertir mi presencia, repetía unos gestos antes nunca vistos por mí. En silencio fruncí el entrecejo y opté por seguir observando un poco más. De esta manera, pude ver como el intruso del salón sostenía con una mano un saco abierto, mientras que con la otra hacía como si cogiera, por encima de su cabeza, puñados de aire que a su vez introducía en el saco. Por un momento llegué a pensar que cazaba moscas y que las guardaba. Sin dejarme llevar por falsas apariencias, llegué a la conclusión de que ante mi hocico, ni más ni menos, ¡había un ladrón!
No dudé, y tal como me enseñó mi adiestrador, me lancé sobre el visitante inoportuno. Con gran estrépito, en su fuga soltó el saco repleto con el botín, mientras en un santiamén, el salón se llenó de luz y de gente desvelada.
Mi amo tomó el control de la situación, abrió el saco del botín y en él aparecieron todas las horas de sueño que aquella noche nos habían quitado. Cada uno de los presentes recuperó las suyas y sin excepción se durmieron como si tal cosa.

                                                                     Joan Serra i Malla